Fobia

Estás acostado en tu cama y sientes que algo se mueve sobre la colcha. Una cosa pesada que se desplaza lento por tu pierna hacia el estómago y luego a un costado. El corazón se te acelera y el golpe de adrenalina despierta tu cuerpo más no así tu conciencia. Es por eso que hasta que enciendes la luz sigues sumido en el terror de imaginar un animal peludo y vicioso en busca de tu cuello. Después del brinco hasta el apagador volteas con ojos desorbitados de miedo y ves a la alimaña tirada en el suelo, despostillada de una esquina y con la batería de litio de fuera.

El lider de los diez mil

Gansükh se levantó antes del amanecer y sintió el aire frío entrando en sus pulmones. Se puso de pie y después de un gran bostezo se calzó las botas, se ató las correas de los guantes y el gorro, se echó sobre los hombros la pesada casaca de lana y se dispuso a salir.

Era su costumbre alimentar a Odval, su yegua, temprano por la mañana. Y después de tomar un poco de leche y comer un buuz salir a pasear con ella hasta el río. Pero ese no era un día habitual, así que tomó su comida y se fue a desayunar al cobertizo.

Al llegar al establo y ver a Odval tumbada en el heno sintió envidia de la tranquilidad de su amiga. Gansükh sabía que este día era el más importante de su vida hasta ese momento, y eso le revolvía la barriga.

En las carreras del Naadam destacaban sólo los mejores de entre miles de jinetes de Mongolia. Todo el esfuerzo y el entrenamiento debían notarse en la velocidad y técnica de carrera, pero al final la resistencia era la diferencia entre perder y ser recordado siempre como el Tumny ekh “líder de los diez mil”.

El niño se sentó junto a su yegua y sintió la respiración tranquila y pausada de ésta. Qué calma encontró en el ritmo cadencioso del aliento de su compañera. Acarició su cuello robusto y firme y le confió sus sueños de llegar a ser el mejor jinete, y así darle honor y orgullo a su familia.

El resoplido le llegó como respuesta tomándolo por sorpresa. Pudo ver en los ojos grandes y negros de Odval un mensaje tan claro como las palabras -¡Corramos!-.

Orgulloso y seguro de tener el apoyo y la fuerza de su amiga, Gansükh salió del establo con Odval de cerca. Con la cara en alto y la mirada resuelta subió a la silla de un brinco y montó rumbo al sol frío del amanecer mongol.

foto via: http://www.worldpressphoto.org/tomasz-gudzowaty

Secretos verdes

Todos los que lo habían visto pasar pensaban lo mismo; que era un viejo tan desagradable como su hábito de comer fruta y luego escupir las semillas —cosa que al parecer era su pasatiempo favorito—. A cada mordida le seguía un proyectil espeso y certero que, si las condiciones del suelo lo permitían, se clavaba en la tierra como si se tratara de un anfibio buscando humedad en tiempos de sequía. Era un acto repulsivo que, sin embargo, nadie reprendía ni intentaba evitar. La gente lo miraba con la inquietud paralizante e impotente de los que ven desde lejos como un tornado se arrastra lento, arañando la tierra. Terrible, desagradable e hipnótico, así era el escupitajo.

Los adultos olvidaban pronto al anciano. Lo hacían siempre con las cosas que los distraían de sus rutinarias compras de la semana, programas de televisión y demás actividades narcóticas. Pero los niños veían cosas que sus padres pasaban por alto. Notaban, por ejemplo, que el anciano escogía con cuidado el lugar al que su saliva iba a parar y muchas veces recordaban el punto exacto del impacto. Algunos pocos conservaban en secreto el recuerdo de ese sitio el tiempo suficiente para ver crecer ahí un pequeño retoño.

Había muchos de esos por todo el mundo; miles de secretos verdes de troncos anchos y hojas de diferentes formas y tamaños; secretos que vivían mucho tiempo después de la muerte de sus portadores. Era la siembra del viejo la que llenaba el mundo con un secretismo frondoso.

Un mal día llegó la era de la sospecha. De pronto lo oculto en los corazones de la gente fue tabú y, no mucho tiempo después, prohibido. Se lloró la tala de muchos secretos hasta que la tierra yerma no tuvo quien la regara más con lágrimas.

Pero como fuerza de la naturaleza que era, el viejo seguía caminando, comiendo y escupiendo; sembrando con boca en lugar de coa secretos que crecían gigantes en espera de su dueño.

La soledad se siente menos cuando tú no estás.

Una chica entra en un bar

Una chica entra en el bar y la notas de inmediato. No hay nada de especial en ella y sabes muy bien que las cosas no funcionan cuando comienzan con una chica entrando en un bar, pero inevitablemente la sigues con la mirada mientras cruza por la puerta y se dirige a la barra para sentarse. Miras a la chica no por su cuerpo, ni por el movimiento de su pelo, pero lo haces porque, sin quererlo, te ha hecho notar que estás sentado en un gabinete dentro de un bar al que no recuerdas haber entrado.